Exposición fotográfica. Asociación de Expresos y Represaliados Políticos Antifranquistas, Acto Sueños de Libertad, una aportación a la memoria histórica. ASPA Alcobendas.
viernes, 17 de julio de 2009
Acto Sueños de Libertad, una aportación a la memoria histórica.
Asociación de Expresos y Represaliados Políticos Antifranquistas, Acto Sueños de Libertad, una aportación a la memoria histórica. ASPA Alcobendas.
Infantilizados o ancianizados
A una gran parte de la población mundial la verdad ha dejado de importarle. De hecho ha elegido no verla aunque se la pongan delante, si no le conviene. Ha decidido de antemano cómo quiere que sean las cosas, y niega cuanto no le gusta o le molesta.
Se ha escrito ya mucho acerca de la actitud del electorado de derechas en las aún no lejanas elecciones europeas. En aquellas Comunidades Autónomas en las que hay dirigentes del Partido Popular más o menos involucrados en tramas de corrupción, o sospechosos de ello, ese partido ha mejorado sus resultados de manera notable, como si, en lugar de castigarlo por el insoportable tufo a podrido, los votantes hubieran decidido recompensarlo. Como si, en vez de indignarse con quienes han cometido abusos de poder o parecen haberlo hecho, con quienes han utilizado sus cargos para enriquecerse o se han apropiado directamente de dinero de los contribuyentes, la furia se hubiera volcado con quienes han descubierto el pastel, han investigado los posibles apaños y cohechos y han alzado el dedo acusador contra los presuntos ladrones y estafadores. Es cierto que hay un elemento sorprendente en esta actitud, o que al menos lo habría sido hace no demasiados años, y no conviene pasarlo por alto.
¿Qué significaría esto? ¿Que a los votantes del PP les parecen bien la corrupción, el soborno y el latrocinio disimulado? ¿Que, si no bien, les parecen normales en política, una especie de "impuesto bajo mano" que nos cobran quienes nos gobiernan? ¿Que, por lo tanto, cada uno de esos electores obraría de la misma forma -corruptamente- de tener un cargo en un ayuntamiento, una diputación, una Junta, una Generalitat o el Gobierno central? ¿Significaría que cuantos han votado al PP, al menos en sitios como Madrid o Valencia, son timadores en potencia, puesto que aplauden y dan el beneplácito a quienes tienen todas las trazas de serlo? ¿Que son gente intrínsecamente inmoral, y que en el fondo envidian a los listillos que han sabido aprovecharse de la política para engañar, rapiñar, colocar a parientes y hacer y recibir favores ilícitos o en todo caso sucios, muy sucios? ¿Que una considerable parte de los españoles son aspirantes a ladrones y admiran y premian a quienes ya han alcanzado esa meta?
De ser esto así, resultaría que vivimos rodeados de individuos que, si creyeran contar con altas probabilidades de impunidad, nos levantarían la cartera al menor descuido, aunque nos hubiéramos portado bien con ellos y no les hubiéramos hecho nada. Estaríamos en una sociedad llena de chorizos vocacionales, lo cual sería muy preocupante y grave hasta la médula. Yo no lo descarto, y además incluiría entre ellos a numerosos votantes de otros partidos: pertenezcan al que pertenezcan los alcaldes y concejales a los que en cualquier localidad se acusa de corrupción, la reacción de los vecinos suele ser de apoyo incondicional al encausado -o ya condenado- y de ira contra el fiscal, juez, periodista o policía que hayan destapado el caso. Una de las argumentaciones más frecuentes para explicar este comportamiento es que dichos alcaldes o concejales "han traído riqueza al lugar", sin que a casi nadie le importen los orígenes ni el modo de conseguir esa riqueza, si es legal o ilegal, si con ello se han destruido monumentos o paisajes históricos, si el "enriquecedor" ha arramblado por el camino con parte del dinero de los "enriquecidos", que también serían, por lo tanto, estafados.
Cuando lo propio está en juego, qué más dan las banderías, esto se sabe. Pero lo propio no siempre está en juego, por fortuna, y aun así se vota al corrupto cuyas actuaciones no nos benefician personalmente. Creo que el motivo por el que esto sucede es aún más grave que si se debiera a la proliferación de chorizos vocacionales, y que está muy extendido, más allá de nuestras fronteras y desde hace tiempo. Si recuerdan el juicio a O J Simpson, el famoso jugador de fútbol americano que tenía toda la pinta de haber asesinado a su mujer y al amante de ésta, a la mayoría de la gente de su raza -negra- le traía sin cuidado saber si era o no culpable. Deseaba que fuera exonerado simplemente porque era negro. Y no han sido pocas las ocasiones en que las feministas más brutas y antediluvianas han "exigido" la condena de un acusado de violación, aunque no hubiera pruebas contra él y sí hubiera llamativos indicios de que la acusación era falsa. Con demasiada frecuencia la cuestión es ya sólo "que gane el mío", sea por negro, por mujer, por blanco, por varón, por derechista o izquierdista. A una gran parte de la población mundial la verdad ha dejado de importarle. De hecho ha elegido no verla aunque se la pongan delante, si no le conviene. Ha decidido de antemano cómo quiere que sean las cosas, y niega cuanto no le gusta o le molesta. Vivimos cada vez más en un mundo en el que la gente no soporta lo que le desagrada, ni lo que le crea dudas, ni lo que la obliga a retractarse o a reconocer que se ha equivocado. Es lo propio de muchos niños y de muchos ancianos: niegan la realidad adversa y prefieren no enterarse. Aún es más: precisamente para contentarlos y no darles disgustos, los adultos tienden a ocultarles las malas noticias y a engañarlos. Para los políticos no existe nada mejor ni más cómodo que esto: un electorado infantilizado o ancianizado, que pide a gritos que se le mienta y anuncia que se creerá las mentiras.
Javier Marías, EPS
Enviar www.attacmadrid.org
Se ha escrito ya mucho acerca de la actitud del electorado de derechas en las aún no lejanas elecciones europeas. En aquellas Comunidades Autónomas en las que hay dirigentes del Partido Popular más o menos involucrados en tramas de corrupción, o sospechosos de ello, ese partido ha mejorado sus resultados de manera notable, como si, en lugar de castigarlo por el insoportable tufo a podrido, los votantes hubieran decidido recompensarlo. Como si, en vez de indignarse con quienes han cometido abusos de poder o parecen haberlo hecho, con quienes han utilizado sus cargos para enriquecerse o se han apropiado directamente de dinero de los contribuyentes, la furia se hubiera volcado con quienes han descubierto el pastel, han investigado los posibles apaños y cohechos y han alzado el dedo acusador contra los presuntos ladrones y estafadores. Es cierto que hay un elemento sorprendente en esta actitud, o que al menos lo habría sido hace no demasiados años, y no conviene pasarlo por alto.
¿Qué significaría esto? ¿Que a los votantes del PP les parecen bien la corrupción, el soborno y el latrocinio disimulado? ¿Que, si no bien, les parecen normales en política, una especie de "impuesto bajo mano" que nos cobran quienes nos gobiernan? ¿Que, por lo tanto, cada uno de esos electores obraría de la misma forma -corruptamente- de tener un cargo en un ayuntamiento, una diputación, una Junta, una Generalitat o el Gobierno central? ¿Significaría que cuantos han votado al PP, al menos en sitios como Madrid o Valencia, son timadores en potencia, puesto que aplauden y dan el beneplácito a quienes tienen todas las trazas de serlo? ¿Que son gente intrínsecamente inmoral, y que en el fondo envidian a los listillos que han sabido aprovecharse de la política para engañar, rapiñar, colocar a parientes y hacer y recibir favores ilícitos o en todo caso sucios, muy sucios? ¿Que una considerable parte de los españoles son aspirantes a ladrones y admiran y premian a quienes ya han alcanzado esa meta?
De ser esto así, resultaría que vivimos rodeados de individuos que, si creyeran contar con altas probabilidades de impunidad, nos levantarían la cartera al menor descuido, aunque nos hubiéramos portado bien con ellos y no les hubiéramos hecho nada. Estaríamos en una sociedad llena de chorizos vocacionales, lo cual sería muy preocupante y grave hasta la médula. Yo no lo descarto, y además incluiría entre ellos a numerosos votantes de otros partidos: pertenezcan al que pertenezcan los alcaldes y concejales a los que en cualquier localidad se acusa de corrupción, la reacción de los vecinos suele ser de apoyo incondicional al encausado -o ya condenado- y de ira contra el fiscal, juez, periodista o policía que hayan destapado el caso. Una de las argumentaciones más frecuentes para explicar este comportamiento es que dichos alcaldes o concejales "han traído riqueza al lugar", sin que a casi nadie le importen los orígenes ni el modo de conseguir esa riqueza, si es legal o ilegal, si con ello se han destruido monumentos o paisajes históricos, si el "enriquecedor" ha arramblado por el camino con parte del dinero de los "enriquecidos", que también serían, por lo tanto, estafados.
Cuando lo propio está en juego, qué más dan las banderías, esto se sabe. Pero lo propio no siempre está en juego, por fortuna, y aun así se vota al corrupto cuyas actuaciones no nos benefician personalmente. Creo que el motivo por el que esto sucede es aún más grave que si se debiera a la proliferación de chorizos vocacionales, y que está muy extendido, más allá de nuestras fronteras y desde hace tiempo. Si recuerdan el juicio a O J Simpson, el famoso jugador de fútbol americano que tenía toda la pinta de haber asesinado a su mujer y al amante de ésta, a la mayoría de la gente de su raza -negra- le traía sin cuidado saber si era o no culpable. Deseaba que fuera exonerado simplemente porque era negro. Y no han sido pocas las ocasiones en que las feministas más brutas y antediluvianas han "exigido" la condena de un acusado de violación, aunque no hubiera pruebas contra él y sí hubiera llamativos indicios de que la acusación era falsa. Con demasiada frecuencia la cuestión es ya sólo "que gane el mío", sea por negro, por mujer, por blanco, por varón, por derechista o izquierdista. A una gran parte de la población mundial la verdad ha dejado de importarle. De hecho ha elegido no verla aunque se la pongan delante, si no le conviene. Ha decidido de antemano cómo quiere que sean las cosas, y niega cuanto no le gusta o le molesta. Vivimos cada vez más en un mundo en el que la gente no soporta lo que le desagrada, ni lo que le crea dudas, ni lo que la obliga a retractarse o a reconocer que se ha equivocado. Es lo propio de muchos niños y de muchos ancianos: niegan la realidad adversa y prefieren no enterarse. Aún es más: precisamente para contentarlos y no darles disgustos, los adultos tienden a ocultarles las malas noticias y a engañarlos. Para los políticos no existe nada mejor ni más cómodo que esto: un electorado infantilizado o ancianizado, que pide a gritos que se le mienta y anuncia que se creerá las mentiras.
Javier Marías, EPS
Enviar www.attacmadrid.org
miércoles, 8 de julio de 2009
Crisis económica, crisis moral
Solamente recuperando principios éticos y morales podremos salir de esta crisis. Solamente si se recompone el tejido social, la lucha colectiva, la solidaridad con los más débiles, podremos recomponer la situación.
En psicología sabemos que cuando, en cualquier esfera del comportamiento, el sujeto no tiene o pierde la noción de lo que es justo, adecuado, aparecen lo que suele considerarse como conductas patológicas. Cuando damos por bueno que el marido insulte o menosprecie a la mujer, acabamos considerando la violencia de género como normal y la conducta patológica tiende a instalarse. Cuando dejamos que el adolescente grite a su madre, no estudie ni trabaje, consiga dinero para salir toda la noche, vuelva bebido, etc., estamos favoreciendo la aparición de comportamientos psicopáticos.
Creo que es lo que ha sucedido con la actual crisis económica. En esta nuestra sociedad global y globalizada, llevamos muchos años dando por buenas situaciones totalmente inmorales, ilógicas e intolerables desde cualquier pensamiento normal. Y ahora nos sorprende el estallido de la crisis. Durante demasiado tiempo hemos asistido pasivamente, con sólo las reacciones de pequeñas minorías, a un sin fin de despropósitos, totalmente inviables, que se han normalizado y nos han conducido, a lo que podríamos llamar “la patología de la Economía”
Pero no se trata solamente de patología. Se trata, básicamente, de inmoralidad, de premeditación y alevosía. Yo no me puedo creer que personas importantes, ejecutivos y directivos de grandes financieras, bancos y agencias, dirigentes políticos, grandes empresarios, economistas letrados e intelectuales varios, no supieran lo que la gente normal y corriente sabe: que uno no puede gastar más de lo que tiene.
Es evidente que lo que pasó tenía que pasar. Era irremediable. La situación era insostenible. Pero nadie dijo nada. Lo terrible es que todo ello era controlable, pero nadie puso el freno: ni los organismos privados (bancos, financieras, constructoras, empresas), ni los “grandes intelectuales” (economistas, tertulianos, ensayistas), ni los cargos públicos (políticos de todas las administraciones y de todos los países). ¿No es un acto grave de irresponsabilidad e inmoralidad saberlo y no pararlo? (Y si no lo sabían, mucho peor, pues significaría que estamos gobernados por personas ignorantes e incompetentes).
Por qué, pues, se permitió llegar al estado actual? Pues porque los que tenían la responsabilidad de decirlo y pararlo eran los mismos que lo provocaron. Sabían que pasaría, pero también sabían que a “ellos” no les afectaría: todos los que se enriquecieron a partir de la indecencia y la inmoralidad, tenían sus ganancias a buen recaudo, sus sueldos asegurados y sus contratos blindados. Sabían también, y esto es lo más terrible, que quien iba a pagar la crisis serían los de siempre: los pobres y desgraciados que iban a ser mucho más pobres y mucho más desgraciados, pero, ¿esto qué importa?. Una vez aceptada la inmoralidad de los últimos 15 años, en la que los sueldos de ejecutivos, banqueros, empresarios y políticos son indecentemente superiores que los trabajadores y trabajadoras, ¿qué importaba un poco más de indecencia?
Y el resto de los mortales? Por qué se consiguió tapar la boca a todos los que no se beneficiaron de esta gran estafa y ahora van a pagar los platos rotos? ¿Cómo se pudieron silenciar tantas voces críticas? ¿Cuál fue la anestesia que utilizaron para poder seguir con esta farsa?
Por qué aceptamos un crecimiento económico impresionante con un estancamiento de los salarios? Como pensamos que podríamos vivir siempre con bajos salarios pero con un consumo desenfrenado? ¿Cómo nadie puso el grito en el cielo con la construcción desmesurada y el aumento desorbitado del precio de la vivienda? ¿Cómo asistimos impertérritos ante la muerte terrible en el mar de los africanos y africanas en busca de una vida digna? ¿Cómo dejamos que se diera trabajo a los inmigrantes, pero al mismo tiempo se les negaran los papeles? ¿Cómo se puede estimular la formación cuando los empresarios daban trabajos precarios a los universitarios? ¿Como permitimos unas leyes que dejaban totalmente desprotegidos a los trabajadores y trabajadoras? ¿Cómo aceptamos que la política, de derechas y de izquierdas, se hubiera convertido en una gran multinacional en donde lo único que importaba (y lo único que importa) es el beneficio personal? ¿Cómo nadie dijo nada ante la abdicación de sus obligaciones y principios más sagrados de los sindicatos y partidos de izquierda? ¿Cómo se pensó que podríamos vivir con unos horarios laborales imposibles de conciliar con una vida afectiva y el cuidado de los hijos e hijas?
Que los que se beneficiaban de todo ello continuaran aprovechándose, no es ninguna novedad: esto es, a fin de cuentas, el capitalismo. La novedad es que consiguieron acallar a todos los demás. Consiguieron engañar a los más débiles prometiendo mejoras ilimitadas. Consiguieron callar todas las voces críticas y lúcidas que, aunque de manera muy minoritaria, intentaban denunciar la situación y su inviabilidad (¡hace ya mucho tiempo, que los llamados “antiglobalizadores”, estos jóvenes tachados de violentos, denunciaban lo que ahora todo el mundo acepta!). Consiguieron erradicar todos los valores que había elaborado el pensamiento de las izquierdas y que había hecho posible las redes sociales y las luchas populares: la solidaridad, la indignación ante la injusticia, la honestidad, el anhelo de igualdad. Consiguieron estimular los más bajos instintos: la codicia, el individualismo, la competitividad, la amoralidad, la indiferencia ante el dolor ajeno, el enriquecimiento ilícito. Los poderosos dieron un gran ejemplo haciendo del robo a gran escala una forma de triunfar y de la mentira continuada una forma de prestigio.
Pero, sobre todo, consiguieron desorganizar a la sociedad. Consiguieron romper los lazos que hacían posible las luchas. Compraron sindicatos y partidos, cooptaron líderes y se apropiaron de la información y de la educación: reformas educativas cuyo único fin es la escuela domesticadora, domesticada y privatizada. (¿Quien cambiará el mundo si en ningún lugar enseñamos a hacerlo?)
Y las consecuencias están ya ahí: más represión contra los inmigrantes, leyes más duras e injustas para los que no consiguieron papeles, millones de personas sin trabajo, familias expulsadas de sus viviendas por no poder afrontar las hipotecas… mientras el dinero público va a los bolsillos de los mismo de siempre y las ganancias desorbitadas de estos últimos años continúan a buen recaudo en paraísos fiscales.
Solamente recuperando principios éticos y morales podremos salir de esta crisis. Solamente si se recompone el tejido social, la lucha colectiva, la solidaridad con los más débiles, podremos recomponer la situación. Solamente con un “cambio de modelo”, tanto económico, como político, podremos organizar una economía viable y sostenible. No vamos a salir de la crisis insistiendo en las mismas fórmulas que nos han llevado a ella. No es dando más dinero a los bancos y a las empresas, los mismos que nos llevaron a la bancarrota, como vamos a solucionar el problema. No es bajando los sueldos de los trabajadores, disminuyendo las pensiones o bajando los impuestos a los más ricos, como vamos a recuperar un nivel de vida aceptable, sino tod lo contrario: subiendo los sueldos, y aumentando los impuestos de las rentas altas. No es privatizando los servicios públicos como vamos a mejorarlos, sino invirtiendo más en ellos, creando más empleo público y gestionando democrática y públicamente los centros educativos y de salud. No es estimulando el consumo como vamos a crear puestos de trabajo, sino repartiendo el trabajo necesario y disminuyendo el consumo innecesario. No es liberalizando más las leyes laborales como vamos a reflotar empresas, sino repartiendo mejor la riqueza y produciendo aquello que es imprescindible. Ni la naturaleza es infinita ni el consumo puede crecer infinitamente.
El crecimiento constante es una mentira: unos crecen a costa de muchos otros. Por lo tanto, la fórmula es errónea, inmoral e inviable. Y como decía muy bien Galeano: “Lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible”. Es evidente que hay que cambiarlo, pero para ello, hay que recuperar fuerza, organización y movilización. Hay que recuperar la discusión ideológica y política, la formación y la educación, y, por encima de todo, hay que recuperar la moralidad. ¿Por donde empezamos?
Psicóloga. Profesora. Portavoz del sindicato USTEC·STEs. Miembro de FARGA
Rosa Cañadell, El Viejo Topo
En psicología sabemos que cuando, en cualquier esfera del comportamiento, el sujeto no tiene o pierde la noción de lo que es justo, adecuado, aparecen lo que suele considerarse como conductas patológicas. Cuando damos por bueno que el marido insulte o menosprecie a la mujer, acabamos considerando la violencia de género como normal y la conducta patológica tiende a instalarse. Cuando dejamos que el adolescente grite a su madre, no estudie ni trabaje, consiga dinero para salir toda la noche, vuelva bebido, etc., estamos favoreciendo la aparición de comportamientos psicopáticos.
Creo que es lo que ha sucedido con la actual crisis económica. En esta nuestra sociedad global y globalizada, llevamos muchos años dando por buenas situaciones totalmente inmorales, ilógicas e intolerables desde cualquier pensamiento normal. Y ahora nos sorprende el estallido de la crisis. Durante demasiado tiempo hemos asistido pasivamente, con sólo las reacciones de pequeñas minorías, a un sin fin de despropósitos, totalmente inviables, que se han normalizado y nos han conducido, a lo que podríamos llamar “la patología de la Economía”
Pero no se trata solamente de patología. Se trata, básicamente, de inmoralidad, de premeditación y alevosía. Yo no me puedo creer que personas importantes, ejecutivos y directivos de grandes financieras, bancos y agencias, dirigentes políticos, grandes empresarios, economistas letrados e intelectuales varios, no supieran lo que la gente normal y corriente sabe: que uno no puede gastar más de lo que tiene.
Es evidente que lo que pasó tenía que pasar. Era irremediable. La situación era insostenible. Pero nadie dijo nada. Lo terrible es que todo ello era controlable, pero nadie puso el freno: ni los organismos privados (bancos, financieras, constructoras, empresas), ni los “grandes intelectuales” (economistas, tertulianos, ensayistas), ni los cargos públicos (políticos de todas las administraciones y de todos los países). ¿No es un acto grave de irresponsabilidad e inmoralidad saberlo y no pararlo? (Y si no lo sabían, mucho peor, pues significaría que estamos gobernados por personas ignorantes e incompetentes).
Por qué, pues, se permitió llegar al estado actual? Pues porque los que tenían la responsabilidad de decirlo y pararlo eran los mismos que lo provocaron. Sabían que pasaría, pero también sabían que a “ellos” no les afectaría: todos los que se enriquecieron a partir de la indecencia y la inmoralidad, tenían sus ganancias a buen recaudo, sus sueldos asegurados y sus contratos blindados. Sabían también, y esto es lo más terrible, que quien iba a pagar la crisis serían los de siempre: los pobres y desgraciados que iban a ser mucho más pobres y mucho más desgraciados, pero, ¿esto qué importa?. Una vez aceptada la inmoralidad de los últimos 15 años, en la que los sueldos de ejecutivos, banqueros, empresarios y políticos son indecentemente superiores que los trabajadores y trabajadoras, ¿qué importaba un poco más de indecencia?
Y el resto de los mortales? Por qué se consiguió tapar la boca a todos los que no se beneficiaron de esta gran estafa y ahora van a pagar los platos rotos? ¿Cómo se pudieron silenciar tantas voces críticas? ¿Cuál fue la anestesia que utilizaron para poder seguir con esta farsa?
Por qué aceptamos un crecimiento económico impresionante con un estancamiento de los salarios? Como pensamos que podríamos vivir siempre con bajos salarios pero con un consumo desenfrenado? ¿Cómo nadie puso el grito en el cielo con la construcción desmesurada y el aumento desorbitado del precio de la vivienda? ¿Cómo asistimos impertérritos ante la muerte terrible en el mar de los africanos y africanas en busca de una vida digna? ¿Cómo dejamos que se diera trabajo a los inmigrantes, pero al mismo tiempo se les negaran los papeles? ¿Cómo se puede estimular la formación cuando los empresarios daban trabajos precarios a los universitarios? ¿Como permitimos unas leyes que dejaban totalmente desprotegidos a los trabajadores y trabajadoras? ¿Cómo aceptamos que la política, de derechas y de izquierdas, se hubiera convertido en una gran multinacional en donde lo único que importaba (y lo único que importa) es el beneficio personal? ¿Cómo nadie dijo nada ante la abdicación de sus obligaciones y principios más sagrados de los sindicatos y partidos de izquierda? ¿Cómo se pensó que podríamos vivir con unos horarios laborales imposibles de conciliar con una vida afectiva y el cuidado de los hijos e hijas?
Que los que se beneficiaban de todo ello continuaran aprovechándose, no es ninguna novedad: esto es, a fin de cuentas, el capitalismo. La novedad es que consiguieron acallar a todos los demás. Consiguieron engañar a los más débiles prometiendo mejoras ilimitadas. Consiguieron callar todas las voces críticas y lúcidas que, aunque de manera muy minoritaria, intentaban denunciar la situación y su inviabilidad (¡hace ya mucho tiempo, que los llamados “antiglobalizadores”, estos jóvenes tachados de violentos, denunciaban lo que ahora todo el mundo acepta!). Consiguieron erradicar todos los valores que había elaborado el pensamiento de las izquierdas y que había hecho posible las redes sociales y las luchas populares: la solidaridad, la indignación ante la injusticia, la honestidad, el anhelo de igualdad. Consiguieron estimular los más bajos instintos: la codicia, el individualismo, la competitividad, la amoralidad, la indiferencia ante el dolor ajeno, el enriquecimiento ilícito. Los poderosos dieron un gran ejemplo haciendo del robo a gran escala una forma de triunfar y de la mentira continuada una forma de prestigio.
Pero, sobre todo, consiguieron desorganizar a la sociedad. Consiguieron romper los lazos que hacían posible las luchas. Compraron sindicatos y partidos, cooptaron líderes y se apropiaron de la información y de la educación: reformas educativas cuyo único fin es la escuela domesticadora, domesticada y privatizada. (¿Quien cambiará el mundo si en ningún lugar enseñamos a hacerlo?)
Y las consecuencias están ya ahí: más represión contra los inmigrantes, leyes más duras e injustas para los que no consiguieron papeles, millones de personas sin trabajo, familias expulsadas de sus viviendas por no poder afrontar las hipotecas… mientras el dinero público va a los bolsillos de los mismo de siempre y las ganancias desorbitadas de estos últimos años continúan a buen recaudo en paraísos fiscales.
Solamente recuperando principios éticos y morales podremos salir de esta crisis. Solamente si se recompone el tejido social, la lucha colectiva, la solidaridad con los más débiles, podremos recomponer la situación. Solamente con un “cambio de modelo”, tanto económico, como político, podremos organizar una economía viable y sostenible. No vamos a salir de la crisis insistiendo en las mismas fórmulas que nos han llevado a ella. No es dando más dinero a los bancos y a las empresas, los mismos que nos llevaron a la bancarrota, como vamos a solucionar el problema. No es bajando los sueldos de los trabajadores, disminuyendo las pensiones o bajando los impuestos a los más ricos, como vamos a recuperar un nivel de vida aceptable, sino tod lo contrario: subiendo los sueldos, y aumentando los impuestos de las rentas altas. No es privatizando los servicios públicos como vamos a mejorarlos, sino invirtiendo más en ellos, creando más empleo público y gestionando democrática y públicamente los centros educativos y de salud. No es estimulando el consumo como vamos a crear puestos de trabajo, sino repartiendo el trabajo necesario y disminuyendo el consumo innecesario. No es liberalizando más las leyes laborales como vamos a reflotar empresas, sino repartiendo mejor la riqueza y produciendo aquello que es imprescindible. Ni la naturaleza es infinita ni el consumo puede crecer infinitamente.
El crecimiento constante es una mentira: unos crecen a costa de muchos otros. Por lo tanto, la fórmula es errónea, inmoral e inviable. Y como decía muy bien Galeano: “Lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible”. Es evidente que hay que cambiarlo, pero para ello, hay que recuperar fuerza, organización y movilización. Hay que recuperar la discusión ideológica y política, la formación y la educación, y, por encima de todo, hay que recuperar la moralidad. ¿Por donde empezamos?
Psicóloga. Profesora. Portavoz del sindicato USTEC·STEs. Miembro de FARGA
Rosa Cañadell, El Viejo Topo
viernes, 3 de julio de 2009
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